28
feb
11

A 80 kilómetros de Bach

No hay ningún sonido que nos persiga saliendo del estómago invisible de un ascensor porque aún no se han inventado, los raíles de todos los trenes del mundo duermen aún en las entrañas de donde un día serán llamados a la forja y el aire huele a ganado, cebollas y un estiércol que comparte el mismo espacio en donde los hombres se hermanan con las bestias. Los caminos más transitados son una composición de barros que se amasan con el paso de los hombres y los animales y que dejan escrituras de charcos atrapados que conocen bien las aves. La nieve y el frío le ponen dureza a los caminos y el aire se llena de voces de mercado, de trabajo y harina. No hay música precocinada escapándose por los poros de plástico de ningúna criatura de silicio. Ya hemos dicho que aún hibernan esperando llenar el mundo de estallidos.

La gente no sabe que está viviendo en el barroco, y que dios no es una certeza. Nunca verán Casablanca, jugarán en un casino, harán un crucero o verán las imágenes de un tipo con un traje inflado pisando la luna. Los muros son de verdad y no sirven para colgar fotos porque ya hemos dicho que viven en el barroco aunque ellos no se saben habitantes de una época con este nombre.

Para poder comer algo de música no hay más remedio que hacerla de verdad, con las propias manos o en el horno y en ese mismo momento, sin posibilidad de aplazarla mediante armarios maravillosos que la retienen. Es imposible hallarla envuelta en sobres de colores, o encontrarla fugitiva desde la ventana del vecino. No cae desde el techo de unos grandes almacenes ni sale de la nada acompañando las palabras de un tipo que se muestra en la pantalla de cine. No está en la atmósfera de los aeropuertos, ni en las imágenes de los dentífricos.

En esos días, tener una charla con la música supone extraerla en ese mismo instante de las tripas domesticadas de la madera, de los metales doblados y torsionados a voluntad, de ingeniosos aparatos cruzados de cuerdas salidas de las profundidades de un cerdo, que enigmáticamente nos hace pensar que viajamos con un pozo en nosotros mismos que nos susurra la inmortalidad.

Y en mitad de este paisaje, hay una casa a 40 kilómetros de Lübeck, que es una ciudad en donde los días festivos toca el órgano Buxtehude, que es un tipo que tampoco se ha enterado de que habrá Hitler, coches, metro y además se ha perdido a los Beatles. No puede saberlo porque también él está metido en esto del barroco y cuando va a interpretar un concierto no le manda correos ni mensajes a sus conocidos.

En todo caso, Bach, que allí no le llamaban de ese modo, por la misma razón que mis amigos no me llaman García, se va a caminar esa distancia para ir a un concierto de órgano. Sabemos que va andando, pero ha pasado tanto tiempo desde entonces, que es difícil conocer los detalles porque no queda nadie a quien preguntarle. No sabemos qué calzado lleva para aguantar la caminata, si se ha puesto grasa de vaca en ellos para aguantar el frío, si lleva un pellejo de agua o va comiendo lo que tiene guardado en una saca. Tampoco si habla con algunos vecinos en el trayecto, si un cartero le acerca a caballo un trecho o si tiene una experiencia íntima de la que nunca le hablará a nadie. No sabemos si se aburre con su vida, cómo son sus desayunos, si es animado en la mesa o si le hubiese gustado leer a Vargas Llosa. Lo único que nos llega por el teléfono de la historia, además de sus obras, algunos esbozos de su vida y un retrato con peluca blanca de jurista isabelino, que fijará su figura para el futuro, es el chisme de que, para escuchar la música que tocaba Buxtehude, se recorre a pie 80 kilómetros .
Recital canto y órgano. 2 de marzo de 2011. Basílica de San Miguel en Madrid

Y ésa es la distancia que anda enredándome los pentagramas desde el momento en que me encontré con el órgano barroco de la basílica de San Miguel incrustado en el Madrid de los Austrías y rodeado por una iglesia que lo sostiene. Eso, y la sospecha de que los órganos barrocos no son más que un modo de viajar en el tiempo, de ponerle voz contemporánea a unos tubos que se las entendían con otra época y que recibían a los transeúntes de aquel mundo en una terminal que ha cambiado poco desde entonces, en realidad es la misma estación con idénticos raíles, retablos, figuras religiosas y arqueólogos de la fe.

Podría acomodarme a la idea de que no he cambiado de época si no fuese porque en mitad de los ensayos un público casual de turistas se deslizan asombrados por la nave de la basílica luciendo ropas descansadas y cámaras que digitalizan sus vivencias. La mayoría deben ignorar que la música que escuchan sin proponérselo no es más que el resultado de un viaje en el tiempo en el que un artefacto del pasado hace música con una voz del ahora mismo. Que se trate en este caso de la mía, me viste, por fin, del astronauta al que en la infancia siempre quise parecerme.

Btexto alternativo

25 minutos antes del concierto. No recuerdo en qué pensaba

23 minutos antes del concierto. Despertando al órgano de su sopor

14 minutos antes del concierto. Me sorprende la distancia que me hace tan difuso allí arriba

Recital canto y órgano. 2 de marzo de 2011. Basílica de San MIguel en Madrid. XXl Festival Arte Sacro de Madrid

19
jul
10

Mahler en la nieve

La primera nevada que cayó sobre Viena en el año 2003 lo hizo por sorpresa a las 2 de la madrugada en un día que no había sido especialmente frío. Yo andaba a esas horas, como otras noches, deambulando por los pasillos de mi casa, buscando mis zapatillas, escuchando la radio que me llegaba a través del servicio de Telekabel y dedicándome a tirar el tiempo en no hacer nada.

El horizonte que se dejaba ver desde mi terraza era una extensión brumosa y pétrea que me dedicaba a vigilar en los momentos en que salía tomarme un cortado y ponía mis ideas a caer por la barandilla, siempre sujetándolas con hilo para que no se estampasen contra el suelo si el día tocaba espeso.

A esa hora cerrada de la noche comenzó una silenciosa nevada que cambió en unos minutos la ciudad. Me vestí rápidamente y me lancé a un paseo en lo que parecía un lugar abandonado, sin coches, personas, ciclistas, tan solo una ausencia solida que me dejaba como autor único del mapa que realizaban mis pisadas sobre aquel lienzo fantástico.

Los encuentros en la vida tienen mucho que ver con las tormentas silenciosas, en su comienzo es fácil distinguir las primeras pisadas, trazar el itinerario de las miradas, desplegar un mapa de conversaciones y visitas que nos permite ser  cristalinos historiadores de esos fragmentos del tiempo. Es después cuando los acontecimientos se van superponiendo, como en un cesto de ropa con calcetines que nunca terminan de emparejarse, por más que se persigan. Y esta es la manera en que han transcurrido mis encuentros con Mahler.

I – “Wenn mein Schatz Hochzeit macht” (“Cuando mi amada tenga su día de bodas”)

Sé que hay una tarde, sentada muy atrás en el tiempo, en la que siendo estudiante primerizo, abrí una de sus partituras intentando seguir la música que sonaba en un disco y perdiéndome como en una carta celeste de otro universo, con notas que se me escapaban, timbales que no aparecían, cambios de tempo tan evanescentes que me hacían ir de un lado a otro como si me hubiesen escondido el teléfono móvil debajo del sofá.

Pero hubo muchos más encuentros, a los que en su momento no di demasiada importancia. Lo vi de lejos en la película “Muerte en Venecia” apoyando mis piernas sobre el asiento delantero del cine y mientras Mahler se deshacía subido en el adagio de su 5ª sinfonía, me lo encontré en el metro cuando con uno de esos aparatos que se ponen en las orejas, escuchaba su música mezclada con el rugido de los vagones y la prisa anónima de la gente, y sobre todo, lo vi resplandecer en el rostro de una de las profesoras de la Hochschule de Viena la noche en que nos invitó a cenar y nos recibió en su casa con el televisor encendido mientras Thomas Hampson cantaba los “Lieder eines fahrenden Gesellen”.  El rostro de esta mujer hubiera sido un buen modelo para los pintores que buscaban el gozo religioso que la aparición de los arcángeles dejaban caer sobre los anunciados.

Hubo más ocasiones en que nos cruzamos, la última fue escuchando la voz de una locutora que en la radio leía las cartas de Alma Mahler, mientras yo conducía de noche. Su voz cercana, como de hoguera, iba desmenuzando las pequeñas miserias cotidianas que vivía una pareja, que era como cualquier otra, en su búsqueda de algo que se pareciese a un jardín botánico. La última de las cartas habla de su muerte y aunque cuenta que su última palabra fue para nombrar a Mozart, yo le imagino llamando a su madre, o sumergido en una niebla sin palabras, o murmurando por un amigo, un juguete o una novia.

La última vez que nos vimos fue cuando canté  sus “Lieder eines fahrenden Gesellen” y rondaba el salón de mi casa cuando los estudiaba, sin cansarse de no decir nada, a ver si yo terminaba de decirlo todo.

Ocupar el lugar en donde  se ha de comenzar a cantar, presenciar como los aplausos de bienvenida se apagan como una vela, contemplar  los brazos del director alzándose en una nube y el vuelo que levantan los músicos antes de arrojarse a la tormenta,  sabe a lo mismo que una intensa nevada en la ciudad de Viena en una noche del año 2003. El resto son pisadas.

“Lieder eines fahrenden Gesellen” de G. Mahler . 1 de junio de 2010. Auditorio de Zaragoza.

II -”Ging heut Morgen übers Feld” (“Fui esta mañana al campo”)

III – “Ich hab’ein glühend Messer” (“Tengo un brillante cuchillo”)

IV – “Die zwei blauen Augen von meinem Schatz” (“Los dos ojos azules de mi amada”)

18
abr
10

La 10ª sinfonía de Beethoven

La manera en que un solista termina de convencerse, por si le quedaba alguna duda, de que es precisamente eso, un tipo que se queda solo haciendo lo que hace, es abordando la novena sinfonía de Beethoven. Puede que le hayan puesto unas 80 personas de coro que le quedan a unos 15 metros según se tira en línea recta desde una nuca que es mejor no rascarse. Alrededor, una orquesta sinfónica que viene cabalgando desde tres movimientos atrás con toda una artillería de músicos montados en sus instrumentos y surcando los aires entre un jaleo de arcos, brazos y metales frente a un director que no tendrá más remedio que haberse traído de casa todo su pulso vital.

Beethoven en Lisboa

Y hay un momento en que tanto los músicos como el público interpretan conjuntamente la misma parte de la partitura escrita por Beethoven y que coincide en los tres silencios que atañen a todo lo sonoro antes de que el barítono cante sin más acompañamiento que el de las miradas. Ese silencio al que se llega después de tanta música es parecido al de la cresta de la ola antes de resolverse en un tubo de agua. Hay un instante de ingravidez y caída libre en el que los barítonos subimos para llevarnos por delante un montón de años en que las sinfonías eran mudas en lo referente al canto. Lo que se escucha entonces dicho en un alemán que ya desde entonces ha conocido todos los acentos es un “Oh amigos…” que es comienzo de lo que va a ser un final al que se llega queriéndolo aplazar .

Nunca he conocido a nadie que después de esta obra no abrigue la necesidad de compartir unas cervezas, un paseo o un abrazo. Tal vez no podamos verlo porque a veces las personas se despiden a la salida del concierto educadamente y enfilan la ruta que les lleva a sus vidas dejando que se disipe el regalo que todos nos hemos hecho. Pero si los deseos y los anhelos se tomasen un respiro encontraríamos los cafés desbordados de la alegría que un tipo, al parecer huraño y fracasado en lo vital, nos dejó esparcida en su última sinfonía de un modo que siempre se siente nuevo. Hay algo enigmático en saber que la música que nos reintegra en lo humano y nos devuelve parte de lo que somos siempre se escucha como un estreno.

Después de Beethoven me ocurre que suelo pensar en Beethoven, y me pasa que le echo de menos y caigo en que estaría bien ponerle un correo para agradecerle eso que no sabemos muy bien como nombrar pero que es lo que nos queda después de darle aliento a sus obras y que luego arrastramos en el desayuno, en el modo de cerrar un libro o de atender una llamada.

Lo bueno de escribir historias es que uno puede narrar con total impunidad como Beethoven viajó a Lisboa después del fracaso de su sinfonía número 10 y que fue allí no solo donde quemó los originales sino el lugar en el que encontró el misterioso placer de sentarse en una terraza frente a un mar cálido y lleno de promesas. Y fue ese el lugar que calmó sus oídos ausentes y heridos.

Lisboa le reveló a Beethoven que su aspereza podía ser un motivo de fascinación. Como el sur es un lugar en dónde el ruido de la vida no incomoda a quienes lo habitan, los gritos y golpes que profería a su piano fueron parte de la voz cotidiana que arrojaban las calles de la ciudad en el transcurrir de los días.

Las calimas y las ganas de siesta que se dejan caer por allí terminaron de cambiar las esquinas de su carácter y hacer de lo risueño una parte de sus habitaciones. Por lo demás todo estuvo lleno de paseos, tardes sumisas, caldos traídos a destiempo y noches de banco y charla hasta que terminó apagándose un día tan cualquiera y calmado que no se movió ni uno solo de sus segundos.

Si las cosas que suelen ocurrir en el universo quedasen de mi mano por un instante, o me alquilasen por un rato el devenir de las cosas, este sería el modo en que le devolvería a Beethoven el tono de sus últimos días, un modo mediterráneo de darle las gracias por dejarse tanta nota bien puesta en un camino que aún seguimos transitando.

9ª Sinfonía de Beethoven. 25 de abril en Lisboa. Concierto de clausura de los días de música de Belém junto a la Orquesta Metropolitana de Lisboa.

Audio de la Novena de Beethoven en Lisboa. Retransmitido en directo por la emisora Antena 2 de Portugal.

07
mar
10

El Retablo de Falla y los dos vientos.

Agárrese a una farola con las dos manos y adopte una postura horizontal de mimo imposible mientras un viento del carajo intenta llevárselo a una gigantesca hoguera que se come el oxígeno de todo lo que hay en cientos de metros alrededor. El mismo oxigeno que les va a faltar a miles de personas que van a morir asfixiadas mientras se refugian en los sótanos de la ciudad. Para completar el cuadro exprese en sus facciones el horror que le produce saberse devorado en unos instantes como un papel publicitario tirado en el suelo por esa montaña increíble de fuego tan intensa que podría cortarse con una sierra. Esta es la escena que vieron muchos testigos la noche de febrero de 1945 en que la ciudad de Dresde se transformo en una fundición de seres humanos con el bombardeo de los aliados.

Y esta es la misma plaza que cruzo una mañana hace tiempo para dirigirme a mi primer ensayo del “Retablo de Maese Pedro” de Falla, aunque este día el azul cobalto del cielo parece colocado por un fabricante de coches, sin el rayajo de una sola nube en un cielo tan espléndido que ganas dan de no creérselo.

Alfredo García como Don Quijote en "El Caballero de la Triste Figura" de Tomás Marco

En la plaza del Altmarktes de Dresde hoy se ven muchos turistas, niños, pastelerías, exhuberantes señoras vestidas de época que venden entradas para algún concierto, cafeterías con Apflestrudels hechos por un sinfín de abuelas clandestinas, algún puesto de salchichas y sobre todo un frío seco y duro que todo el mundo sabe fuera de lugar pero que es de allí de toda la vida de dios

Al otro lado de la plaza, el Kultur Palast, la sala de ensayo sede la Dresdner Philharmonie y el Maestro Frühbeck de Burgos con quien tengo ese primer ensayo. Y en ese paseo voy atando los cabos y repasando todas las tuercas del Retablo, ajustando los calderones, preguntándome si me habré dejado algo en el estudio, si a alguna nota le habrá dado por hacerme una broma y esconderse para luego presentarse ahí en medio del ensayo como si nada y poner cara de ¿pero no me habías visto?

Voy cotejando los tiempos en mi memoria, los ritardando, los pesante, los breves puntillos hasta que voy llegando a un acuerdo conmigo mismo que consiste en concluir que me lo he estudiado y que el Maestro Frühbeck va a encontrarlo todo en su sitio. Pero eso no me quita un aleteo estomacal que nada tiene que ver con el desayuno.

El Maestro Frühbeck entra con la energía de un ejecutivo de Manhattan. Junto a mí, mis compañeros y excelentes cantantes Gustavo Peña y Raquel Lojendio y como si hiciese un truco de magia con la batuta, empiezan a sonar todas las notas una detrás de otra, todas en su sitio, con su justa medida, sin darse pisotones, con una elegancia de museo neoclásico. Cuando voy a empezar a cantar,  ya voy viendo que va a ser como esas olas que en la playa de Zarautz me llevaban hasta la orilla los días de suerte, y es así como llegamos todos al final de la obra, donde los compositores ponen dos rayas que parecen el final de las vías del tren. Y el Maestro con esa voz de cortar los aires suelta eso de “Lo ha hecho usted muy bien” que a mi me suena como una condecoración de guerra.

Vuelvo al hotel, es la misma plaza pero parece más prometedora, como si el fuego nunca hubiese roto un plato y pienso en El Quijote que es el personaje que encarno en el Retablo y siento un alivio de que en su novela no se haya topado con esas desconcertantes banderas humanas que de seguro le habrían traído la locura a su locura.

Hay muchas plazas cruzadas desde entonces hasta llegar al “Retablo” que vuelvo a cantar estos días en Zaragoza con la Orquesta Enigma, formada por músicos salidos de la tienda del Gourmet, músicos de pata negra con quien uno podría tirarse por las cataratas del Niágara cantando y acabar sin salpicaduras después del salto. Los dirige Juan José Olives que entra en la misma cesta de Navidad y con quien he compartido Viena como ciudad de estudio aunque en diferentes épocas y que es el autor de la orquesta y el responsable de su excepcional calidad. Hace un par de años pude cantar bajo su dirección “El llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejías” de Maurice Ohana que a pesar del título nos proporcionó mucha alegría. Y ya entonces me traje de importación parte del extraordinario talento del Maestro Olives para casa.

Salvo el viento, que parece el mismo, no hay muchos lugares comunes entre Dresde y Zaragoza, más allá de que en ambas ciudades alcen su batuta dos grandes maestros españoles y de que en ambas Alonso Quijano haya tenido a bien hacer uso de mi voz para hablarle al mundo.

Manuel de Falla. El Retablo de Maese Pedro. Auditorio de Zaragoza 13 de marzo de 2010.

Juan José Olives, director

24
feb
10

Cantar para Francaix o mejor me pides un café.

Quien entra en un bar después de haber salido de un funeral o de despedir a un amigo para siempre es seguro que se verá sumergido por la rara sensación de que todos los sonidos que recorren la vida cotidiana, las voces de un televisor o la de una charla desenfadada provienen de un mundo donde todo es ajeno. El dolor reciente siempre hace irreal e inoportuno cualquier síntoma de que hemos llegado a un lunes cualquiera.

foto:©arsluminis.com

Algo así me ha sucedido después de cantar la ópera de Dallapiccola “Il Prigioniero” y abrir la partitura de la ópera “Paris a nous deux” de Jean Francaix, luminosa y mediterránea, plena de un humor fino del París imaginario que casi todos hemos recreado alguna vez.

El tal Francaix, que debe tener un apellido tan común en Francia como es el mío en España, toca el piano en un vídeo que suena sin previo aviso cuando se visita su página oficial en internet. Aunque aparece con un gesto solemne y venerable de profesor de latín, su música le contradice y sospecho que debía ser un tipo vital e inteligente. Toda su música me hace pensar en los cafés que he recorrido a lo largo de estos años, desde los elegantes y austeros vieneses, casi todos silenciosos y con periódicos tumbados sobre las mesas, hasta los de chiringuito, ruidosos y estrechos.

Porque no hay nada como un café para ver las cosas del mundo con distancia y sin dolor, para poder tocar casi la parte más sólida del tiempo. A mi siempre me gustó hacerlo mirando por las ventanas, viendo pasar la gente como hacen en los pueblos un ejército de vigías silenciosos que amanecen a la puerta de sus casa y contabilizan el río de coches y de rostros que les navega por delante todos los días. Mirar pasar a la gente, rodeando con ambas manos una taza llena de café o de un té raro salido de un sobre de papel fastuoso y olímpico…

Porque a Jean Francaix, del que no sé nada, salvo lo que me dicen las notas esparcidas entre su ópera me lo imagino así, tomando un buen café y mirando pasar la gente mientras, tal vez sin que él lo sepa, se va decidiendo en que parte del pentagrama irá a caer su lluvia de Paris, sus notas afiladas. Y me lo imagino, eso si, y sobre todo, con el regalo de la risa sobre las cosas y el mundo, porque pocas veces me he reído con estallidos tan espontáneas como con el estudio de “Paris a nous deux”.

El texto es suyo y de Fran Roche, a quien podría ver mañana en el mercado y no le reconocería aunque llevase su nombre escrito en esos cartelitos que lleva la gente a los congresos. Han construido un texto en el que dibujan la parte más vacía y hueca del mundo artístico, no importa de qué época o lugar, siempre atravesada de personajes triviales que se venden en el mercado del arte como si el esnobismo y la tontería que derrochan fuesen el lado más lírico de la vida, y toda una clase dirigente e influyente, tan presuntuosa como tarada que aúpan a la cumbre a estos personajes, habitantes perennes de la Historia. Y hace falta tener cuajo y humor para saber mirar la profesión de uno y reírse de su parte más ridícula y boba. La estupidez, es cosa sabida, es un lugar del que todos en algún momento hemos sido ciudadanos.

La historia la han sacado del ojo profundo que tenía Balzac y que en su novela “Papa Goriot” nos presenta por primera vez al personaje de Rastignac, naturalmente dotado para trepar hasta por el metrobús más inocente, un tipo salado, vaya.

Me vi con Jean Francaix recostado sobre el sofá de mi casa, con los zapatos tirados a un lado, los lápices de colores a mano para ir señalando la geografía de la música y un vez más, un café muy cerca, sobre la mesa baja del salón. El viaje está resultando alentador, humano y divertido, su música ingeniosa y veloz, me devuelve la risa de un tipo que de seguro lo pasó bien cuando nos visitó, y lo mejor, dejarnos su música para prolongar el chiste .

Paris a nous deux de Jean Francaix. Teatros del Canal de Madrid. 7 de marzo de 2010 a las 12:00 hrs.
Jean Francaix. Página ofcial.

11
feb
10

Prisionero de Dallapiccola

Hay un tipo encerrado en una mazmorra al que llevan torturando días interminables con la excusa de que no acaba de pensar como aquellos que le administran el sufrimiento. Parece un caso sacado de un periódico o de un informe de Amnistía Internacional, sin embargo la historia que nos cuenta Dallapiccola en esta ópera transcurre en Zaragoza en los tiempos de la inquisición.

El peor lado de meterse en un argumento como este es que sabes que cuando cierres la partitura y pases a otra cosa, el tipo va a seguir en algún lugar del mundo encadenado a un destino insoportable.

Soy cantante lírico y este es mi primer pensamiento en un blog en el que me pregunto si además de salir a un escenario, un artista puede intentar abrir una celda, al menos una vez en el transcurso de su tiempo.

Quiero pensar que si.

Ópera “Il Prigioniero” de L. Dallapiccola. Teatro de la Maestranza de Sevilla. 13 de febrero de 2010




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